Hasta Siempre Compañero

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“Aprendimos a quererte, desde la histórica altura, donde el Sol de su bravura, le puso cerco a la muerte”, canta el cubano Carlos Puebla en uno de sus versos más bellos dedicados a la figura del comandante eterno revolucionario, Ernesto Che Guevara, como respuesta a su carta de despedida cuando abandonó Cuba.  Y es la que suena ahora mientras redacto estas líneas sin ninguna suerte de realizar un ensayo o tesis doctoral; tan solo mi lectura franca frente al cambio de época vivido. El mejor balance, lo hará la historia.

Hace 10 años, y un poquito más, encarnaste a todo un pueblo con tu idea libertaria: recuperar la esperanza para recuperar la Patria. Y no se puede simplemente ignorar tan largo ciclo, con tan largas luchas, como si nada hubieras suscitado. Creo que es verdad cuando dicen que uno se vuelve épico en la víspera, pero no quisiera, ni con distancia, tener la osadía de que suene a despedida; porque yaces ya en el corazón y hasta en el hígado de muchos.

Este gran paréntesis que le pusiste a la historia ecuatoriana, resulta una suerte de rescate a un país que estuvo sumergido muchos años en la desidia y podredumbre política más oprobiosa desde el regreso a la democracia. Recibiste un país ignorado, invisibilizado. Y es cierto, que nada de esto pudo haberse iniciado sin el despertar político, ideológico, y profundamente patriótico de un hombre como tú hacia tu pueblo, tu país, tu Patria. No pienso que sea atrevimiento decir ahora, que líderes como tú llegan cada 100 años; que vienen para quedarse en cada hogar, en cada pensamiento, en cada rincón del país. Estoy consciente de que esta década es solo un camino trazado que has dejado, para seguir caminando hacia nuevos horizontes, ahora ya sin ti.

Tengo que reconocer, que me conmueven estos 10 años, que los siento tan míos como tú, que los he sentido despierta y viva, desde mi aula de clase, en el colegio, cuando debatíamos sobre la Constitución de Montecristi en aquel 2008; donde todo empezó. Nunca antes sentí tan importante el hecho de participar y discutir sobre el país, pensaba que eso era cosa de adultos. Desde mi trinchera colegial, desde mi casa, con mi padre y gracias a una inolvidable maestra de Historia, puse fin a años de indiferencia. Siempre se debe volver a  Gramsci, cuando decía: “Creo que vivir quiere decir tomar partido. Quien verdaderamente vive, no puede dejar de ser ciudadano y partisano. La indiferencia y la abulia son parasitismo, son cobardía, no vida. Por eso odio a los indiferentes. La indiferencia es el peso muerto de la historia”.

Hoy pasas a ser leyenda, a ser un ser extrañado y admirado porque te has ganado ese derecho, porque te lo ha concedido el Ecuador, así tu no quieras. No siempre tuviste aciertos, y como cualquier mortal; te has equivocado garrafalmente, te has encontrado con la traición al doblar la esquina. No puedo ni imaginar el peso sobre tus hombros, pero sé que todo lo has hecho con el mejor esfuerzo y con la mano en ese pecho ardiente por tu Patria morena. Pasarás a la historia de nuestra Patria Grande junto a gigantes como Néstor Kirschner, Hugo Chávez, Fidel, Raúl, Pépe Mujica, Evo, Lula, y Cristina. Creo que no fue coincidencia aquel tiempo histórico y sin precedentes. Juntos compartieron puñados de hermandad, de solidaridad, sin perder jamás el rumbo soberano.

Poco a poco, sin proponértelo, has devenido un eje y todos hemos empezado a girar a tu alrededor, todos, y el único mal que nos dejas es habernos acostumbrado a ti, a tu sabiduría humildemente compartida, a despertarnos cada sábado para recibirte; a tus ideas pragmáticas, a tus ejemplos pedagógicos para que hasta el menos estudiado pueda comprender economía; a tus cantares felices en cualquier oportunidad de entregarte un micrófono, a tu facilidad para derrumbar una mentira; a tus recorridos en territorio con la gente, a dormir en los barrios profundos; a tu indignación frente a la indolencia, a tu chispa guayaca; a tu capacidad de asombro, a tu carácter y vehemencia; a tu pasión por la verdad y por combatir la injusticia social institucionalizada, a tus viajes que nunca te hicieron sentir lejano; a tus chistes agrios que sacaban miles de sonrisas pero que a ti te hacían feliz.

La epopeya de defender lo ganado y los mejores aciertos le corresponde ahora a tu pueblo. Desde este pequeño lugar en donde estoy, desde mi insignificante visión, te puedo ver cansado, sin cabello, sin tiempo, sin oxígeno, pero con la misma esencia en tu vibrar, con los mismos principios, con los mismos valores, con la misma pasión con la que un padre ve a sus hijos al nacer. Ha nacido un nuevo Ecuador y se deberá cuidar lo logrado hasta alcanzar la madurez política necesaria para no necesitarte tanto.

Miro a Latinoamérica y veo que a diferencia de otros estados, tu liderazgo en un país con las taras de un Ecuador de 1998, fue justo y necesario más; sin embargo, considero que es un tanto inmerecido el hecho de tildarlo de mesianismo, culto a la personalidad, o ridícula fe ciega, a la gratitud de un pueblo entero frente a un proyecto  a quien has representado dignamente, con la frente en alto y con la mirada clara, como nunca nadie lo había hecho antes. Tal vez, con la excepción del ex Presidente Jaime Roldós Aguilera.

La mal llamada “mitomanía” creo que no se repetirá por un buen tiempo para tranquilidad de muchos. El proyecto de Revolución Ciudadana sigue en pie, y habrá que formarse para consolidarse, habrá que involucrarse para movilizarnos. Ser joven y no ser revolucionario, es una contradicción hasta biológica, en cualquier tiempo, y en cualquier espacio.

Se vienen tiempos interesantes, y me refiero a cambiar (tal vez inventar) la metodología de lo que verdaderamente importa para fortalecernos. Formar verdaderas bases políticas, crear espacios públicos nacionales cada vez más concurridos con juventudes críticas sin otro interés que el de servir con ideas y propuestas a crear un mejor país, una mejor ciudad, un mejor barrio. Recuperar la senda de memorias frágilmente perdidas en la virtualidad limitante que encierra a la juventud en una dañina pasividad frente a los temas nacionales. Queda un trabajo largo, sin duda.

Te vas invicto, decía un cartel dentro de la multitud que te despedía el día sábado en tu último enlace ciudadano. Y tu decías, con la garganta gastada,  y rota, que habías sido río cuando tuviste que ser lago, y que fuiste lluvia, cuando en realidad debiste ver llover; pero que te vas con la alegría de haber servido y cumplido con el mandato que te dio tu pueblo, con paz interior, ligero de equipaje, y con la convicción de haber hecho lo correcto.

Estas líneas las escribo con la esperanza de encontrarte de nuevo en la palestra política o sencillamente en alguna clase magistral, aquí o en Europa. Sé que habrá una oportunidad. Lo que no se es querido siempre queda atrás y tú no puedes quedar atrás tan fácil, a pesar de los pesares.

Sigue rodando el playlist de trova cubana, mientras intento terminar algo que me resulta verdaderamente interminable y jodidamente complejo. Son bastantes años y bastantes nudos en la garganta. No dudo que el título de borrega me lo ganaré fácilmente en pocas horas, ya nada me preocupa. Nunca fuimos Cuba, nunca fuimos Venezuela, ni la Alemania Nazi, ni la Rusia Comunista, nunca volvimos a tener un Feriado Bancario, ni nos mataron por discrepar ideológicamente; confieso que nunca creí en la fatalidad de las almas más miserables.  Me enorgullece haber creído en ti y  haber seguido cantando, con brisa revolucionaria: “Para no hacer de mi ícono pedazos, para salvarme entre únicos e impares, para cederme un lugar en su parnaso, para darme un rinconcito en sus altares. Me vienen a convidar a arrepentirme, me vienen a convidar a que no pierda, me vienen a convidar a indefinirme, me vienen a convidar a tanta mierda. Yo no sé lo que es el destino, caminando, fui lo que fui. Allá  Dios que será divino. Yo me muero como viví”. Gracias por no traicionarnos. Gracias, simplemente, por tanto. ¡Y hasta la victoria siempre, compañero!

 

Autoría: L.F Córdova

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